jueves, 23 de enero de 2020

El día que los extraplanetarios invadieron la Argentina por Alejandro Agostinelli

Hace pocos días, Alejandro Agostinelli, mítico autor y periodista, leyó y reseñó el último lanzamiento de Ignotas: Primer mensaje extraplanetario. Copiamos a continuación la nota que escribió para su maravilloso sitio web FACTOR BLOG (de visita obligada). Gracias Alejandro por tan generosa lectura:

El día que los extraplanetarios invadieron la Argentina

Mariano Buscaglia, gran maestre de Ediciones Ignotas, gestionó una hazaña pequeña pero heroica: reeditó “Primer mensaje extraplanetario”, una obra casi desconocida firmada por Franck G. Robertson que publicó la editorial BO-SI, Buenos Aires, en el año 1956.




Este libro, que se lee de un tirón, tiene varios atractivos: 1) es un incunable: hojear sus páginas, seis décadas después de haber sido publicada por primera vez, es un privilegio; 2) enseña cómo funcionaba el relato de la invasión “extraplanetaria” a mediados del siglo pasado, cuando la mitología ovni aún no había desplegado sus alas y las grandes epopeyas ufológicas no habían sido registradas y 3) el tal Franck G. Robertson podría ser el seudónimo de los fundadores del espiritismo platillista argentino.
Hace un año devoré “Jauría” (Negro Absoluto, 2018), ópera prima de Fernando Chulak ambientada en Villa Epecuén; en el marco de ese caserío fantasma, Fonseca, un hombre que sigue rutinas indescifrables, permanece cautivo en una casa vigilada por una jauría de dogos, escoltado por Sergio, un tipo poco expansivo y solitario.
Las acciones del sujeto que mantiene a Fonseca encerrado, una suerte de mercenario que dispone de la víctima con pasmosa bonhomía, pasan de la imaginable cotidianeidad de una situación de secuestro a nuevos acontecimientos que generan un trepidante bucle de extrañeza y desconfianza sobre su verdadera misión, que crecen hasta explotar.
En “Jauría”, el perfil de los personajes, el ritmo del relato y la suma escalonada de enigmas envuelven al lector en una trama sombría, tortuosa y apasionante.
No bien terminé de leer “Primer mensaje extraplanetario” (Ediciones Ignotas, 2019) no pude evitar la comparación, habiendo, desde luego, un abismo entre la exquisita construcción narrativa de Chulak y la, por momentos, desoladora orfandad creativa de Robertson. Aun así, la ficción recuperada por Ediciones Ignotas es maravillosa. Si el talento y la imaginación no sobran en la composición de la intriga, alcanzan para saber cómo un autor pensaba, a mediados de los años cincuenta, un escenario de invasión utilizando como “embajador extraplanetario” a un jubilado argentino a quien de un día para otro se le acaba la paz.
La novela comienza con una carta del autor, un periodista, al lector, a quien advierte que el protagonista de la historia, un perito mercantil retirado que usó sus ahorros de toda su vida para refugiarse en una granja rural,  «aún vive» (es decir, aún vivía en el momento de la publicación). “Suelo verle con alguna frecuencia y puedo dar fe de su perfecta normalidad mental”, escribe. Inmediatamente, revela que una madrugada de 1955, sin preaviso, el hombre es asaltado por unas criaturas de baja estatura, ostensiblemente peligrosas, que trastocan su existencia y convierten a su residencia en una base de operaciones de seres de otro planeta a lo largo de una odisea de 37 días de duración. El dueño de la hacienda “invadida” es un hombre como tantos, temeroso, un poco egoísta y con una vaga noción sobre la existencia de los platos voladores, cuyas noticias asolaban en todo el mundo, a quien el jefe de los intrusos, el comandante Jroh, le delega la responsabilidad de dar a conocer el más trascendental mensaje a la humanidad.




El periodista ayuda al contactado a transmitir una serie de hechos dramáticos –algunos involuntariamente risueños, otros horribles– que ha puesto en jaque el futuro del planeta.
Al modo de “El día que paralizaron la Tierra” (R. Wise, 1951), en el cine, al de Flash Gordon o Perry Curtis, en la historieta, o a la usanza de contactados contemporáneos como George Adamski o Daniel Fry, en el mundo real, el protagonista es intimidado por seres que se jactan de su alto poder tecnológico y lo demuestran pulverizando cosas. A él no le queda otro remedio que aceptar la misión de advertir a la Tierra el cese de pruebas atómicas que “han puesto en peligro la integridad de los mundos habitados”. Las consecuencias no se harían esperar: el incumplimiento del pedido será seguido de la destrucción del planeta.



PERRY CURTIS, 1953
En la revista Platillos Volantes, Perry Curtisun Flash Gordon doblado al español, están presentes las líneas maestras que atravesarán la historia del contactismo, las abducciones y  los encuentros con extraterrestres. Es clara la continuidad cultural entre la imaginación artística y la popular.

Hay en la novela descripciones que aparecen por primera y única vez en la narrativa extraterrestre, como la denominación “extraplanetarios” (en tiempos en que eran de uso corriente visitantes interplanetarios, seres de otros mundos, uránidas, naves espaciales y hasta ovis –esta última resultado de la traducción literal del inglés ufo), la transmutación del plástico en materia viva y, quizá, el círculo rojo brillante de unos siete centímetros de diámetro en el centro del pecho de las entidades.
Otros ingredientes dan una acabada idea de que existe un continuum entre las más tempranas obras artísticas inspiradas en la mitología de la invasión marciana y los eventos que constituyen la llamada ufología real: seres de baja estatura y ojos grandes, su saludo consistente en levantar la mano derecha, la rápida adaptación a la atmósfera terrestre (reflejada en la gradual inutilidad de la escafandra, por entonces “escafandro”), el uso de enterizos pegados al cuerpo “como una segunda piel”, armas desintegradoras, círculos de vegetación chamuscada en el sitio del aterrizaje, animales muertos en circunstancias misteriosas, abducciones que terminan mostrando el planeta de los alienígenas a través de una claraboya, testigos “elegidos”, El Gran Consejo Extraplanetario o similares, la interpretación según la cual los visitantes son emisarios satánicos, la mezcla de escepticismo e incomprensión de las autoridades y otros clisé que viendo las circunstancias vamos a ahorrar so pena de ser defenestrados por espoilear la obra.



URÁNIDAS
A mediados de los años 50, una de las formas de referirse a visitantes de otros mundos era Uránidas. Gastón Lenormand, en “Yo estuve en un plato volador”, afirma que así les llamaba a los humanoides el pionero de la era espacial, Hermann Oberth (1894–1989). El físico alemán creía que los platillos voladores eran naves espaciales de otro sistema solar.
Foto: En octubre de 1960, Oberth asistió al congreso internacional OVNI/OVI de Wiesbaden, Alemania, oganizado por el editor platillista Karl Veit (1907–2001). Entre el público había curiosos, ufólogos y contactados. La mujer rodeada por un círculo, por ejemplo, afirmaba proceder del planeta Venus.
Un párrafo sobre su calidad literaria. En más de una ocasión maldije al autor por crear situaciones inverosímiles, como unos invasores que se la pasan empujando al protagonista, la inadmisible visita que recibió de sus nietos o la inaudita desaparición del periodista, pero el carácter ambivalente y las distintas personalidades de los extraplanetarios Jroh, Akci, Ram y el anciano, así como la brusquedad de ciertas acciones, dotan a la novela de singularidad. Como cuando una chica nos atrae pero no nos termina de convencer: interesante.
Pero, por favor, a no quedarse con eso: esta novela no es una joya, es diamante en bruto. Fue escrita cuando la gran historia contemporánea de los extraterrestres aún estaba por escribirse. Si bien su argumento es simple, está colmado de detalles deliciosos para quienes estudiamos –y/o disfrutamos– de los relatos de encuentros con extraterrestres en los albores del platillismo.




EL ENIGMÁTICO SR. ROBERTSON
A lo largo de más de cuarenta años de interés continuo por el asunto no busqué “Primer mensaje extraplanetario. ¿Invadirán la Tierra extraños seres de otros planetas?” por una sencilla razón: ignoraba redondamente su existencia; de hecho, Ediciones Ignotas ha preservado la belleza rústica del original ilustrado.
La reedición fue posible gracias al ejemplar recuperado por el mexicano Adrián Segundo González, quien facilitó las imágenes que permitieron su restauración y reproducción facsimilar de la edición publicada por la editorial BO-SI en 1956.
En una introducción que resume y contextualiza los primeros años de la literatura argentina sobre los platos voladores, Christian Vallini Lawson y Mariano Buscaglia se preguntan por la real identidad de Franck G. Robertson, que es un evidente seudónimo por 1) el error gramatical (la abreviatura del apodo “Franck” se escribe Frank) y 2) en la incipiente ciencia ficción era habitual utilizar nicks en inglés o francés, pese a que las aventuras transcurran, como en este caso, en Merlo, provincia de Buenos Aires.
En los años 50, la editorial BO-SI, a cargo de Helvio Botana (uno de los hijos del célebre empresario periodístico Natalio Félix Botana), solía reimprimir manuales técnicos escritos por Jorge Duclout, quien –recuerdan los autores del prólogo, citando mi investigación (1)– fue, junto con su hermano Napy, coautor de “Origen, estructura y destino de los Platos Voladores” (de ahora en más, OEDPV) (1953, 1954). Entre los manuales de los Duclout reimpresos por BO-SI había varios firmados por Franck G. Robertson.
Por su parte, el sello de los hermanos Duclout, Editorial Jorge A. Duclout, tenía una colección destinada a “Novelas Científicas”, que incluyó la obra “El interplanetario atómico” (1945). El libro estaba firmado por un tal Alberto Brun, donde “Alberto” era el segundo nombre de Jorge y “Brun” su apellido materno. El argumento giraba en torno al tópico de la época: “la milagrería atómica como revolucionaria forma de energía” (p. III). Si bien era común el uso de seudónimos, en el caso de los Duclout estaba más justificado: en OEDPV los hechos relatados no se enmarcaban en la categoría “Novela Científica” sino en el “Realismo Fantástico” que se iba a dar a conocer, tres lustros después, en la Francia de “El Retorno de los Brujos” y la revista Planeta: las peripecias de los Duclout, al frente de un grupo espiritista que incorpora en trance al espíritu un “Ingeniero de talento” quien, a su vez, contacta con el piloto de un plato volador de Ganímedes. Las circunstancias que se desarrollan durante las sesiones mediúmnicas y los hechos posteriores al encuentro (en el anexo publicado en la reedición de 1954) son descriptas como hechos genuinos, aparentemente despojados de fantasías y ornamentos literarios.
En 1952, el piloto del plato anuncia a los Duclout que, para demostrar su existencia, sobrevolará, en dos años, la ciudad de Buenos Aires. Así, los hermanos autoeditan el libro y hacen el anuncio a la prensa, que espera la llegada de los visitantes para la madrugada del 6 al 7 septiembre de 1954. Por su parte, una comitiva liderada por los Duclout y secundada por un grupo de periodistas emprende la ascensión hasta la azotea del Kavanagh, entonces el edificio más alto de Buenos Aires. Esa noche ven algo.
¿Por qué el uso del seudónimo es otro indicio de la posible autoría de Jorge, Napy Duclout o de ambos? Porque si OEDPV pretende relatar un auténtico suceso ufológico (que, por cierto, fue el primer gran hecho relacionado con el tema difundido en la Argentina), el carácter novelesco de “Primer mensaje…” es más que evidente. Un segundo libro de ciencia ficción, entonces, echaría una sombra de duda sobre el anterior, motivo suficiente para resguardar la identidad de los autores.
“Dado el antecedente literario con el que contaban los hermanos Duclout, escriben Lawson y Buscaglia, sus manuales técnicos, su famoso libro sobre ufología y la novela de ciencia ficción que publicaron, no es aventurado arriesgar que el autor de este libro fuese alguno (o por qué no los dos) de los Duclout. Primer Mensaje sería el híbrido perfecto entre El interplanetario atómico y Origen, estructura y destino, donde la técnica y el mensaje pacifista en boca de los extraterrestres se difunden a través de la novelización”.
Probablemente estén en lo cierto. Más porque encontré otra coincidencia curiosa, más cerca del guiño que del hecho fortuito: el primer encuentro del protagonista de la novela de Robertson con los extraplanetarios ocurre en la madrugada del 6 al 7 septiembre de 1955, justo cuando se cumplía el primer aniversario del avistamiento previa cita de los hermanos Duclout en la terraza del Kavanagh.




OTRAS POSIBLES INSPIRACIONES
El más claro antecedente argentino de “Primer Mensaje…” es “Yo estuve en un plato volador”, firmado por un tal Gastón Lenormand (Ediciones MEM, Bs.As, 1955), falsa traducción del inexistente original en francés “J’Ai Voyage en Soucope Volante”. Lenormand era, según me reveló el periodista Ricardo Propato en 1984, uno de los seudónimos del periodista Eliseo Castiñeira de Dios solía usar en los años 50 en revistas como Ahora Autoclub (2).
Aquel libro estaba dividido en dos partes, una cuyo primer capítulo tiene casi el mismo título de la bajada de “Primer Mensaje…” (“¿Nos invadirán desde otros planetas?”), que desarrolla una historia periodística (penosamente escrita y basada en recortes de prensa) sobre las incursiones de los platos voladores en la Tierra, y otra testimonial, con un estilo literario y ritmo novelesco, que es la que le da nombre al libro: las aventuras del políglota explorador Pierre D’Haberau, quien durante una excursión a través del Himalaya fue reclutado por devotos del Dalai Lama que le encargaron oficiar de intérprete de cinco marcianos a quienes mantenían secuestrados en un templo del Potala.
Tal como advierten Lawson y Buscaglia, en ambas novelas los humanoides son de contextura fuerte y de pequeña estatura. Pero aquí se acaban las similitudes: los marcianos Kigg, Kugg, Kagg, Kogg y Kegg del libro de Lenormand duermen acurrucados como las momias aymaraes, tienen unos ojos felinos que escrutan la oscuridad y realizan proezas paranormales, como levitar. La aventura tampoco se parece mucho: los seres no son invasores ambivalentes sino víctimas de una secta budista que se quiere quedar con sus secretos, y D’Haberau pasa de ser cómplice de los sectarios a salvador de los marcianos.  
Quizás, para encontrar más paralelismos, es necesario buscar en la tradición anglosajona y repasar a fondo las fuentes de «Origen, estructura y destino de los Platos Voladores». Pero bienvenida la cita de los prologuistas a la despampanante historia de D’Haberau para pensar en otra nota o, mejor aún, en un nuevo diamante en bruto para Ediciones Ignotas. Que tiene cuerda para rato: quedan muchos arcanos por exorcizar.
REFERENCIAS
1) Agostinelli, Alejandro; “Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina” (Ed. Sudamericana, 2009).
2) En Guía Biográfica de la Ufología Argentina (Cefai Ediciones, 2000), R. Banchs coincide con que Eliseo Castiñeira de Dios escribió “Yo estuve en un plato volador”, pero agrega que lo hizo junto al periodista (Juan) Andrés Cuello Freyre. El segundo, probablemente, develaría la autoría de la primera parte. 

martes, 6 de agosto de 2019

La generosa pasión del coleccionista

Hermosa nota de Lautaro Ortiz que apareció en Página 12 el día 02/06/2019:


La editorial pone el foco en rarezas literarias. Publicó Casos policiales de William Wilson, de Vicente Rossi, y Primer Mensaje Extraplanetario, de Franck G. Robertson.

Por Lautaro Ortiz

Entre coleccionistas, entusiastas y académicos, mencionar títulos como Casos policiales de William Wilson de Vicente Rossi (1912) y Primer Mensaje Extraplanetario de Franck G. Robertson (1956), puede entenderse como un gesto de provocadora erudición. Quien se atreva, deberá asegurarse de no ser interrogado a fondo, porque desde hace mucho tiempo se sabe que esos libros son míticas referencias bibliográficas, datos curiosísimos que sólo se encuentran en las cronologías sobre los precursores del policial rioplatense (Rossi), o en los hitos subrayables de la literatura ufológica en argentina (Robertson). 

La razón por la cual la mayoría de los lectores no acceden a la lectura de esos autores no hay que atribuírsela enteramente a cierta fatiga académica; también son responsables los grandes sellos que nunca se corren de la lógica del mercado. Por suerte, en ese otro lado de la moneda donde brillan las editoriales independientes, apareció en escena el narrador, coleccionista e investigador Mariano Buscaglia (1976), un apasionado de estos misterios literarios, quien decidió crear “Ediciones Ignotas” con el propósito de sacar de la vidriera académica aquellas joyas guardadas y ofrecerlas a la vista de todos y todas.

“Si bien hubo editoriales que pusieron su granito de arena en esta tarea, nunca existió un sello exclusivamente dedicado a editar textos que no conocen reedición desde la única vez en que se imprimieron. Por eso me embarqué en esta aventura, aunque debo reconocer que, por ahora, es más un capricho que un negocio”, dice Buscaglia mientras se deja acompañar en su recorrido por las librerías de la calle Corrientes, en busca de material no catalogado de su abuelo materno: el dibujante Alberto Breccia.

Sobre el primero de los lanzamientos (Casos policiales de William Wilson) habría que decir que su autor Vicente Rossi (Uruguay 1871-Argentina 1945) es conocido por su famoso estudio sobre los orígenes del tango Cosa de Negros (1958) y también por aquella profecía lanzada por Borges que aseguraba que ese “matrero criollo-genovés de vocación charrúa” sería descubierto algún día “con desprestigio de nosotros sus contemporáneos y escandalizada comprobación de nuestra ceguera”. Y Borges tuvo razón, aquel día llegó, aunque con un detalle: el redescubrimiento de Rossi no fue por sus devaneos historicistas, sino por sus relatos policiales.

Los cuentos de Rossi, suerte de crónicas delictivas realistas con Buenos Aires como escenario, tenían como protagonista al detective William Wilson, en obvia alusión a Poe, que siempre estaba secundado por el oficial Máximo. Fueron escritos entre 1907 y 1910 para la revista La Vida Moderna y, luego, en 1912, el propio Rossi los compiló en un libro que editó en su imprenta, sin saber que ese gesto convertiría a su trabajo en la primera antología de relatos policiales argentinos de un solo autor. 

Esta edición no sólo recoge los cuentos originales (cinco) sino que agrega cinco más, uno de los cuales se consideraba perdido. Además del prólogo de Ray Collins el lector se encontrará con un excelente estudio del investigador Román Settón, que sostiene que Rossi “es el punto de inflexión” entre la literatura policial precedente a 1910 y la que surge en la segunda década del siglo XX. 

“Siempre fue el más moderno de sus contemporáneos, me refiero a los llamados pioneros del género como Luis Varela, Félix Alberto de Zabalía y Eduardo L. Holmberg”, comenta Buscaglia mientras ojea con cuidado una pila de la revista Aventura de los años 40 y 50 que se venden a 80 pesos. “Era un tipo audaz, decidido, y eso está en sus textos. Sus policiales están muy cerca de la crónica policial y tienen algunas migajas del policial callejero y negro que llegará unas décadas después.” 

–Esta edición termina con el misterio del cuento perdido de Rossi…

–Sí. Durante año se creyó que el relato “Extraña estafa a un extraño náufrago del ‘Colombia’”, estaba perdido, pero en realidad lo que había pasado es que estaba mal fechado…

–Y simplemente había que revisar unas páginas más adelante…

–Simplemente había que buscar con ganas para encontrarlo (Se ríe). También decidí agregar otros dos cuentos que no son de Rossi pero dialogan con él y que fueron publicados en la misma revista y en esos años, para dar idea al lector de la importancia de la pluma de Rossi. Uno es “El fantasma invisible” firmado por un tal Williamson, guiño evidente al detective de Rossi, y el segundo se titula “La revelación de un famoso misterio Castillo-Gartland” escrito por un tal Enrique Ayuso que hace referencia al cuento de Rossi “El asesinato del señor Gartland” y a los casos policiales que tenían siempre por víctimas a ancianos de costumbres sórdidas. Lo interesante de este relato es la descripción puntillista que hace Ayuso de todo ese ambiente marginal de las orillas portuarias, con garitos de juegos, prostíbulos, homosexuales y gente travestida. Diría que es el primer cuento en encarar la temática transexual de argentina.

Sobre la segunda novedad de Ediciones Ignotas, Primer Mensaje Extraplanetario firmado por un tal Frank G. Robertson, hay que decir que entre los especialistas de textos ufológicos, ése es uno de los más difícil de hallar y “uno de los más deseados por los bibliómanos de la literatura sobre platos voladores”. Lo cierto es que Buscaglia no se conformó sólo con el hallazgo, sino que decidió hacer un edición facsimilar de la que publicó en 1956 el sello BO-SI, perteneciente a la familia Botana. Una jugada que Buscaglia califica de “suicida” ya que hubo que reconstruir la novela página por página a partir de fotografías.

–¿Quién es Franck G. Robertson?

–Franck Robertson, con ese error gramatical en el nombre, probablemente sea el seudónimo de los hermanos Duclout, Jorge y Napy, gestores del primer libro en argentina que aborda el fenómeno de los ovnis. Esta novela es uno de los primeros libros sobre contactos entre humanos y extraterrestres, en clave novelística, con una ambientación rústica o campestre. 

–¿Qué papel ocupa el tal Robertson, en la ciencia ficción argentina?

–Considero a los libros factoides o de realismo fantástico (como los llama Fabio Zerpa) como un subgénero literario, una especie de hermano bobo de la ciencia ficción que todos se avergüenzan de reconocer. Dio muchos libros de  calidad, sobre todo por ese juego entre la verosimilitud y la fantasía.  

De pronto Buscaglia se olvida de los ovnis y en el medio de la librería dice: “Mirá”.  Son las páginas 14 y 15 de la revista Aventura del año 1948 donde el trazo del viejo Breccia se torna inconfundible. Es una adaptación de “La isla del tesoro” de Stevenson. Buscaglia entonces paga y al salir a la calle con la revista bajo el brazo, dice: “Uno colecciona para compartir, no sirve de nada acumular y ser mezquino. Lo único que conseguís con eso es colaborar con el olvido y acá, en la Argentina, tenemos demasiada desmemoria. Mi abuelo fue uno de los que más me inculcó la manía de rescatar a autores y a dibujantes olvidados. Esa es un poco la misión de mi editorial, aunque llegue a poquitas personas”.

martes, 18 de junio de 2019

Reseña a Casos policiales de William Wilson por José María Marcos

Compartimos la reseña publicada en el extraordinario blog El país de la bruma:


Desafiando a Poe y a Conan Doyle desde el Río de la Plata

Vicente Rossi (1871-1945) —conocido mayormente por El gaucho (su origen y evolución) (1921) y Cosas de Negros  (1926) y citado por sus estudios sobre el castellano rioplatense, la historia del tango y el teatro local— escribió entre 1907 y 1910 una serie de diez cuentos policiales protagonizados por el detective William Wilson (que toma su nombre de un cuento de Edgar Allan Poe), publicados de manera episódica en la revista argentinaLa Vida Moderna. En 1912, el propio Rossi autoeditó Casos policiales de William Wilson con los cinco primeros relatos (acompañado por un subtítulo que indicaba Primera serie), volumen que en Argentina se transformó en la primera antología de relatos policiales escritos por el mismo autor. La iniciativa quedó trunca (no salió la segunda parte), y la osadía permaneció como una cita obligada a la hora de hablar del policial argentino, con el fulgor de un vaticinio de Borges, quien en 1928 dijo: “Este, ahora inaudito y solitario Vicente Rossi, va a ser descubierto algún día, con desprestigio de nosotros sus contemporáneos y escandalizada comprobación de nuestra ceguera”. Recién en 2016, Ediciones Ignotas —a través de su Colección Exhumados— reunió por primera vez los diez cuentos, con una introducción de Ray Collins y una semblanza  del autor, y en 2019, el sello comandado por Mariano Buscaglia presentó otra edición a la que se suman ilustraciones originales, un estudio crítico de Román Setton y un anexo con dos cuentos publicados en La Vida Moderna, que no pertenecen a Vicente Rossi pero dialogan con William Wilson: “El fantasma invisible” (firmado por Williamson) y “La revelación de un famoso misterio Castillo-Gartland” (con la rúbrica de Enrique Ayuso). Nacido el 23 de marzo de 1871 en Santa Lucía (Uruguay), Vicente Rossi dio sus primeros pasos en el mundo de las letras en los periódicos orientales El Telégrafo MarítimoEl Día y El Siglo, y en 1898 se radicó en Argentina, en la provincia de Córdoba,  donde fundó Imprenta Argentina, taller con el que editó gran parte de sus trabajos. Junto a Luis V. Varela, Félix Alberto de Zabalía y Eduardo Holmberg —según precisa el académico Román Setton—, es uno de los más prolíficos autores de la literatura policial argentina hasta la década de 1930. En una nota preliminar (“El lector debe saber”, por William Wilson), Rossi —que era conocido por sus polémicas— se inscribirá en la tradición de las ficciones con investigadores, pero por la negativa y con cierto humorismo, y entonces dirá que el lector no encontrará en sus textos “la ya vulgar colección de cuentos policiales, a base de mágicos recursos, situaciones horripilantes y triunfos sobrenaturales, con que se han degenerado lastimosamente el arte de Poe y las agradables distracciones de Conan Doyle”. Anunciará, también, que sus relatos se alejarán de Londres y París, para trasladarse a Buenos Aires y Montevideo, y establecerá algunas pautas para diferenciarse de la novela policial clásica inglesa, la corriente gótica y el folletín de aventuras, misterio y melodrama, remarcando que el policial en estos pagos debe ser distinto porque “no tenemos ambiente que nos haga aceptar, para entrecasa, milagros de intuición, ni asombrosas coincidencias, ni el engaño del disfraz, ni ventriloquía de oportunidad” y, además, porque “no tenemos castillos prehistóricos, ni siquiera modernos” y tampoco “callejones de la delincuencia, impunemente instalados y patentados en tugurios tenebrosos”. Partiendo desde estas premisas, y a veces forzando los límites de sus propias reglas de juego —porque en algunos casos recurrirá a las tretas de sus maestros—, Rossi presentará diez casos donde habrá siempre un enigma a resolver, aunque no siempre un crimen; abordará la comprensión de los hechos teniendo en cuenta las circunstancias sociales de los protagonistas; mostrará un detective que a veces colaborará con la policía; y dejará constancia de sus prejuicios frente a los inmigrantes recientes, el dinero, la acumulación de riquezas y los prestamistas. Entretendrá con la descripción de casos pequeños (“La pesquisa del níquel”, a partir de una llamativa falsificación de monedas de veinte; “Un correcto señor de luto”, donde la intriga será resolver quién es un extraño; o “Mi primera pesquisa”, vinculado a un ladrón de libros); sugestivos crímenes (“El asesinato de Greiffen” o “El asesinato de Gartland”); la duda razonable ante un imputado (“La herida del reporter”); un macabro hallazgo (“Los vestigios de un crimen”);  y hasta la descripción de ingeniosos robos (“La diadema  de la calle Artes”, “Un robo en complicidad con la ley” o “Extraña estafa a un extraño náufrago del Colombia”). A más de cien años de su aparición original, los relatos de Vicente Rossi se disfrutan tanto por la buscada reinterpretación de los tópicos de la literatura detectivesca como por la natural descripción de representaciones, manías, obsesiones, preocupaciones, hábitos y costumbres de los habitantes del Río de Plata en el comienzo del bullicioso siglo veinte.

José María Marcos

miércoles, 5 de junio de 2019

Reseña a El vampiro y otros cuentos de horror y misterio por Roberto Barreiro




Compartimos la reseña de Roberto Barreiro escrita en su blog Árboles muertos y mucha tinta al libro de Víctor J. Guillot :
La crítica literaria es caprichosa, sobre todo en lo que respecta a la permanencia en el tiempo de un autor. Que una creación sobreviva en el tiempo no tiene muchas veces que ver con la calidad sino con factores externos. De maneras misteriosas, la crítica pasa por alto a narradores que bien merecerían el reconocimiento. Después ya solo queda la autosatisfacción del iniciado en los misterios de la Facultad de Letras y del consenso literario para terminar de olvidar obras que bien podrían valer la pena, pero que terminan en manos de outsiders que hablan de estos libros en blogs, fanzines o similares lugares a que están fuera del campo (como diría Bourdieu). A lo mejor como este blog, que se mete con esa gente olvidada. A lo mejor como tipos como Mariano Buscaglia que edita libros que se salen del canon. Su colección Los exhumadosjustamente nos hace ese favor. Por eso merecen reseña aquí.
Y, si me preguntan, creo que el mayor rescate que ha hecho Mariano es con Victor Juan Guillot
Si por algo es recordado Guillot es por su participación como político radical en el escándalo de las tierras del Palomar, uno de los casos de corrupción más mentados durante la Decada de 1930 (conocida también como la Década Infame) en Argentina. Guillot terminó suicidándose ante las acusaciones que lo tenían como metido en las coimas. Tal vez eso haya sido lo que determinó su olvido como literato. O no. Pero que se lo olvidó se lo olvidó. Lo cual no debería ser asi.
Como bien demuestra este libro de relatos cortos, Guillot es un gran cuentista, a la par con tipos como Horacio Quiroga en su manejo no solo del fantástico sino en la creación del elemento macabro –a veces fantástico a veces no- en la cotidianeidad. El mundo de Guillot combina –al igual que Quiroga- la descripción cotidiana (sobre todo en el campo argentino de esos años) con ese algo raro o fuera de lo esperable que nos deja una puerta abierta ante las dimensiones desconocidas de nuestra vida. Una prosa tersa, ágil y al punto, a veces afectada por cierto lenguaje modernista, otras por un cierto humor macabro tongue –in – cheek  (pienso en “El alma en el pozo” el relato largo con el que termina el volumen). A veces ni siquiera el horror es un recurso fantástico: “El vado” es completamente realista y a la vez uno de las historias más terribles del libro.
Como es que nadie rescatara previamente la obra de Guillot, me deja simplemente entre anonadado y enojado con los guardianes del Conocimiento de la Literatura Argentina. No sé qué miércoles hacen, si un tipo de este nivel es olvidado.
Les urjo a comprarse este libro. Van a encontrar un narrador fabuloso de historias (de misterio y horror), uno de esos tipos a rescatar. Libros como estos son los que le dan sentido al blog.
Roberto Barreiro